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Artículo
Caracas / Venezuela -
 


Venezuela Siglo XX
Ángel Lombardi* / Soberania.org - 08/05/09

“Necesitamos un pueblo, aunque sólo sea por las ganas de marcharnos.
Ser de un pueblo quiere decir no estar solo, saber que en la gente, en las plantas,
en la tierra hay algo tuyo que incluso cuando no estás sigue esperándote”.


Cesare Pavese / Escritor (1908-1950)



Venezuela, una Sociedad y una Cultura

Una sociedad existe en el tiempo y en el espacio, es decir, es histórica y sus límites están configurados por una lengua y una cultura cuyas características pueden ser perfectamente estudiadas e identificadas. En ese caso, estamos hablando de una “identidad” ontológica, alma o espíritu de un pueblo; otros autores se limitan simplemente a sus rasgos externos o morfológicos, y así se habla de ideas, representaciones, símbolos, idearios e imaginarios colectivos, además de usos, costumbres, tradiciones, religión y mentalidad.

La identidad de un pueblo es real aunque puede prestarse a manipulaciones de tipo ideológico o político, por ejemplo, cuando se habla de un determinado pueblo como predestinado o particularmente ungido de una particular cualidad o atributo.

La identidad es lingüística, antropológica, social e histórica y no debe ser confundida con el concepto de País, Nación o Estado, aunque son conceptos y categorías cercanos y que tienden a ser confundidos. La identidad es un concepto o categoría, igual que el de cultura, huidizo y equívoco.


Para nosotros, también la identidad es histórica, es decir, va “siendo”; un pueblo y una sociedad se transforman y evolucionan, no solamente en términos políticos, sino también en términos sociales, económicos y culturales, inclusive, sus bases antropológicas originales son transformadas profundamente, como por ejemplo, en el mito americano, tan difundido, del indio o indígena sometido a un reduccionismo y a una simplificación totalmente anticientífica. Para empezar él también es un “extranjero” en tierras americanas, aunque sea una “extranjería” de miles de años. Después está su heterogeneidad lingüística, cultural y societaria además de sus diversos grados evolutivos. Igual pasa con la simplificación de los “africanos” avecindados a la fuerza en tierras americanas apenas hace tres siglos. Igual sucede con los “europeos”, diversos y distintos. De allí que el concepto de  las “tres raíces” y de la “raza cósmica” es una tontería o manipulación, por decir lo menos.

Los pueblos van “siendo” aunque tengan la tendencia a aferrarse a tradiciones y costumbres, usos y creencias, que pueden durar siglos y milenios.

La cultura y la civilización, se asumen, la primera, en su sentido material e inmaterial y la segunda, entendida fundamentalmente, como la evolución tecnocientífica sin los referentes obligados de una sociedad que en la modernidad, se define casi exclusivamente como Pueblo-País y Estado-Nación. Para efectos de este trabajo vamos a hablar de la sociedad venezolana y de algunos aspectos de la “cultura nacional”.

Nuestro país forma parte, como es lógico, de un proceso histórico mucho más vasto que incluye a todo el continente americano y en particular la parte caribe, andina y sudamericana de dicho continente. Necesariamente hay que relacionarlo con Europa y África y en un sentido más global, con el mundo entero, ya que a partir del siglo XVI se inaugura una “ecúmene” universal, definida e identificada por algunos autores como “economía-mundo”. En los últimos tiempos, es la “globalización” o “mundialización” lo que nos define y Venezuela existe, por consiguiente, en lo local o regional pero también en lo universal.

El tema de la identidad cultural nos obliga a una “visión” histórica pluricultural y multi abarcante; algunos antropólogos dirían que somos “uno y múltiple”. Formamos parte del gran mestizaje indo-americano o hispano-luso-americano de los últimos 500 años o como se prefiere decir en los últimos 100 años: América Latina, una categoría fundamentalmente geo-política.


En América Latina el tema de la “identidad”, entre nuestros intelectuales, ha sido permanente y recurrente, en algunos casos, como búsqueda y evasión o bien, como compromiso.

La discusión política e ideológica, de una u otra manera, termina girando en torno al tema de la identidad; desde la “independencia” hasta nuestros días, y particularmente en los últimos tiempos en Venezuela, se ha convertido en centro de una polémica histórico-político, alimentada desde el poder, en un afán revisionista y legitimador del mismo.

Abordar intelectualmente la “identidad” es perderse y posiblemente extraviarse en nuestra subjetividad e intereses y así ha sido desde los primeros viajeros, exploradores y evangelizadores que acompañaron la llamada “conquista y colonización de América”. El propio Colón sucumbe a esta tentación y cree haber llegado a las “Indias Occidentales”. Posteriormente intuye un nuevo Continente, pero lo asimila al mito del paraíso terrenal.

En esta cadena de equívocos iniciales y a medida que los europeos recorren y “descubren” el continente, lo van asimilando al mito de la “Atlántida” o la “última Thule”. Américo Vespucci no cayó en este tipo de error y vio lo que tenía que ver, aunque un cartógrafo despistado le dio su nombre al Continente, identificándolo como Orbe Novo o Nuevo Mundo. “En una perspectiva eurocéntrica, conquistadores y cronistas, fueron  nuestros primeros fabuladores, se escamoteó la realidad indígena y se inventó el mito del Nuevo Mundo” (Lombardi, Ángel. “Sobre la Identidad y la Unidad Latinoamericana”, Academia de la Historia. Caracas (1989) Pág. 20.

En los siglos subsiguientes, XVII, XVIII y XIX, fueron los viajeros y naturalistas y algunos filósofos, quienes vinculan a este Continente, no ya con algunos mitos de la antigüedad sino con los mitos renacentistas de la sociedad o república ideal, en particular con la idea de utopía, como una especie de escape o evasión hacia adelante. Después vino la emancipación política con sus ideólogos negadores de la herencia hispana y el entronque o filiación con los movimientos revolucionarios de Inglaterra, Francia, Europa en general y los Estados Unidos.

Frente al desorden y anarquía, violencia, inestabilidad y atraso de casi todos nuestros países en el siglo XIX y XX, surge un grupo de pensadores, que desarrollan una visión “pesimista” de nuestra realidad e identidad; particularmente influyentes en todo el pensamiento latinoamericano, fueron las tesis de D.F. Sarmiento, C.O. Bunge, A. Arguedas, J. Ingenieros, S. Ramos, J.B. Alberdi, G. Freyre, E. Martínez Estrada, H. Murena, O. Paz y algunos otros, tendencia “pesimista” que continua hasta nuestros días y que nuestro Augusto Mijares le salió al paso con un libro emblemático: “La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana” (1952).

En este contexto y en esta tendencia se inscriben muchas preguntas y respuestas sobre nuestro ”ser nacional” que terminó configurando toda una ideología del desencanto, frustración y desolación y que afectó a muchos de nuestros intelectuales y políticos y a algunos integrantes de nuestras “élites”. Fue el famoso “exilio interior” de algunos; el “finis patriae” de otros y el suicidio de algunos de nuestros mejores escritores.


En algunos casos, esta problemática o visión negativa de nuestro “ser nacional” ya no era una visión ontológica o metafísica como una especie de fatalismo o destino nacional sino la identificación de causas históricas concretas que eran limitaciones objetivas, pero que debían y podían ser superadas. Otra tendencia, como respuesta a lo anterior, se afirma sobre una visión “optimista” del país y unas “cualidades”  que el “pueblo” poseía.

Extranjerizantes “unos”; “criollistas” otros; en el fondo, fue una dialéctica (tesis-antítesis) que a nuestro juicio, todavía no ha producido la “síntesis” necesaria, que nos permita reconocernos como un colectivo nacional, con “virtudes” y “defectos”, como es lógico pensar que tenemos, y que nos permita elaborar un proyecto político, fundamentalmente educativo y cultural, que potencie nuestras virtudes y disminuya o neutralice nuestros defectos. Ningún pueblo se suicida y ninguna sociedad se niega a avanzar y a progresar; Venezuela y los venezolanos no somos la excepción.


Antropológica y culturalmente tenemos rasgos propios y definitorios así como tenemos una lengua española castellana compartida con otros pueblos, pero que se particulariza en un “habla venezolana” que el lingüista Ángel Rosemblat, entre otros, ayudó a definir, especialmente en ese delicioso e importante libro: “Buenas y malas palabras”. Andrés Bello se ocupó, con su gramática, en “fijar” una lengua española común en el continente hispano-americano que hoy nos permite entendernos y comunicarnos directamente sin menoscabo de las modalidades locales, regionales y nacionales, que enriquecen y dinamizan nuestra lengua común. En Venezuela es “sabroso” oír hablar a nuestros andinos, orientales, capitalinos, “maracuchos”, etc., en una lengua común y diferente al mismo tiempo, mientras las familias y la escuela en general se siguen empeñando en enseñarnos a todos “el bien hablar” así como la buena educación y en general la “civilidad” necesaria a toda sociedad moderna. Con todo lo anterior no podemos negar aspectos de nuestra cultura y conductas individuales y colectivas impropias e inconvenientes que estamos obligados a evitar y corregir.

Algunos autores, por ejemplo, identifican
rasgos que vienen de la Venezuela rural, inconvenientes para la vida social moderna: conductas “nepóticas”, “clánicas” o “tribales” que se trasladan al mundo social, económico y político. El famoso “compadrazgo” rural, en algunos casos, cumplía funciones de cohesión y protección pero en otros, era la complicidad automática y la permisividad cómplice. Hoy hablamos de “amiguismo”, de “carnet” partidista o de “listas políticas” para mantener la “exclusión” y niveles primitivos de participación social.

Igualmente se identifican rasgos, usos y costumbres, vinculados a la “pobreza” que resultan inconvenientes para el progreso personal y nacional, como por ejemplo, asumir la pobreza como un fatalismo o destino que nos conduce al conformismo y a la pasividad.


Una mentalidad muy generalizada es el pensamiento mágico, de una riqueza saudita producto del azar y la suerte y que se nos da “porque si” sin esfuerzo alguno, rasgo éste acentuado por cierta “subcultura del petróleo” o más bien “anticultura” que en Venezuela todos identificamos con los términos de “sauditismo”, “mayamerismo”, “tá barato…dame dos” que alcanzó su cima en los 70’ y 80’ del siglo pasado con él “boom petrolero” y que hoy tiende a reproducirse en este nuevo “boom petrolero” y su “boliburguesia”.

En función de esto, algunos autores hablan de una “sociedad enferma” o extraviada que en su extravío y confusión, empezando por las “élites”, han propiciado otro rasgo anacrónico nacional, que en el plano político, se ha expresado en el culto a “la gorra” o aquello de “democracia con energía” como si estuviéramos atrapados en la profecía del Libertador, de no terminar de salir nunca del “cuartel”. Mucha tinta ha corrido y corre sobre nuestra “incapacidad” para administrar la riqueza petrolera confundiendo corrupción e ineficiencia, perfectamente controlable en términos legales y políticos como un rasgo nacional que tenemos que tolerar.

Otro expediente cómodo ha sido, especialmente en nuestras “élites”, gobernantes y clases dirigentes, recurrir al “antiyanquismo” y el “antiimperialismo” para identificar y responsabilizar al culpable de nuestros males y atraso. En los años 70’ del siglo XX se elaboró una teoría al respecto ampliamente difundida, “la teoría de la dualidad y la dependencia”, sin subestimar los factores externos e internacionales y su incidencia en nuestra problemática como sociedad; el sentido común nos dice que  los principales responsables de nuestra realidad y destino somos nosotros mismos y que es muy cómodo no asumir nuestras responsabilidades, anulando o escamoteando un principio fundamental de la ciudadanía y la modernidad, que somos o debemos ser, “seres libres y responsables”.


La sociedad contemporánea, cualquier país, no deja de ser lo que es, en su identidad básica, es decir, lengua, costumbres, mentalidades y cultura en general, pero obligado a convivir en la diversidad cultural y civilizatoria, debe abrirse de manera amplia y dinámica, a esa diversidad, sin menoscabo de su “originalidad” como pueblo y cultura, asumiendo de manera apropiada el principio de “uno y múltiple”. En el mundo de hoy hay una fuerte tendencia a la homogeneidad industrial, urbana y tecnológica pero igualmente subsisten “las diversidades”;  a mi juicio, no son incompatibles y en cierto sentido es necesario que así sea; no somos un hormiguero ni colmena, pero tampoco, unos marcianos o extraterrestres; compartimos una morada común: la tierra, unos problemas y realidades y si somos inteligentes, podemos compartir un futuro común como país y sub-continente, y como humanidad y especie.

C. Levy Strauss decía en algunos de sus textos, “la identidad es una especie de recurso necesario para explicar un  montón de cosas pero que en si misma carece de existencia real”.

Nuestra identidad no es otra cosa que nuestra historia. En cada individuo hay un sentimiento telúrico de pertenencia a un lugar; es el “omphalo” griego que en la modernidad se asume como “nacionalidad”. Igualmente hay unos símbolos compartidos, una lengua, una cultura, un pasado-presente-futuro común.

Igualmente nos identificamos por “oposición” y por “semejanza” a algo o a alguien. Nos creemos “únicos y especiales” y “diferentes”, aunque cada vez, ésto es menos verdad en el mundo contemporáneo,  crecientemente integrado y cada vez más intensamente comunicado.

La “cultura” nos “separa” y nos “conecta”. Definidos desde “afuera” y desde “adentro” hay como una “leyenda negra” y una “leyenda dorada” de nosotros mismos.

Lo importante es “identificarnos” como realmente somos, desde un “ser” histórico específico, en función de un “deber ser” compartido por la mayoría como cultura, armonía y consciencia de pueblo, como país, y nación estado y también como humanidad. El etnocentrismo histórico y la endogamia cultural ya no definen la historia; somos pueblos acompañados por otros pueblos, en igualdad de derechos y debemos tratar de lograr la igualdad de oportunidades.

La gran utopía contemporánea, y a mi juicio la prioridad de nuestro tiempo, en términos sociales y políticos, es hacer posible la fraternidad, sobre la base de la libertad y la igualdad. Es decir, la comunicación en la diversidad y acortando o aminorando los múltiples desequilibrios que en lo económico, social y ambiental hemos propiciado. Somos diversos, pero la humanidad es una sola.


Las raíces de la sociedad venezolana se pierden en el tiempo y sólo a partir de los siglos XVII y XVIII se puede identificar una incipiente y difusa consciencia y cultura nacional, expresada historiograficamente por J. Oviedo y Baños (1671-1738) en su importante obra “Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela”, (1723). En esta misma tradición se inscribe el ensayo de A. Bello (1781-1865) “Resumen de la Historia de Venezuela” (1808); en ambos libros se expresa una idea de país, el de una sociedad y una cultura nacional en formación cuya expresión concreta, a nivel histórico, es la creación de la Capitanía General de Venezuela en 1777 y la posterior Independencia de 1810-1811.

En 1830,  consolidada la emancipación y disuelta la Gran Colombia, se siente la necesidad de identificar al país en términos historiográficos y cartográficos precisos y la tarea le es asignada a R. M. Baralt (1810-1860) y Agustín Codazzi (1793-1859) respectivamente. De ese esfuerzo surge la monumental obra que es el “Resumen de la Historia de Venezuela” (1841) de Baralt y el “Resumen de la Geografía de Venezuela, Mapa general de Venezuela y Atlas Físico y Político de la República” (1841) de Codazzi; es el retrato oficial del país que intenta conocerse y reconocerse, el pasado indígena y colonial; la epopeya emancipadora y la poderosa figura de Bolívar como padre fundador de la Patria.

Casi 100 años después, otro historiador, J. G. Fortoul (1861-1943) y otra historia por encargo, “Historia Constitucional de Venezuela” (1906), cumple una tarea parecida, identificar y fijar el proceso histórico nacional.

En los albores del siglo XX, Venezuela es un país que se reconoce a si mismo, como sociedad y cultura nacional, en su especificidad, características y valores identitarios; Venezuela, como Estado o Nación es un hecho incontrovertible de la historia y en el siglo XX, alcanza de manera definitiva sus perfiles sociales y culturales, como una identidad sentida y asumida por todos los habitantes de esta tierra.

Hay una historia nacional historiograficamente expresada y una cultura propia y específica cuyos rasgos más sobresalientes nos expresan e identifican a todos los venezolanos. Etnográficamente y antropológicamente se le da su justo valor a nuestro mestizaje. Se asume la “evangelización” católica como otro rasgo distintivo. La “cultura popular” se convierte en nuestra carta de identidad por excelencia: lengua, usos, costumbres, tradiciones, música, gastronomía; todos se identifican con todos en la manera de ser venezolano. Hay un ideario y una simbología y un imaginario venezolano. Diversos autores, escritores y artistas, desarrollan una obra importante de auto-reconocimiento; para citar algunos, a nuestro juicio emblemáticos por su aceptación y difusión en el colectivo, tenemos a Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Mario Briceño Iragorry, M. Picón Salas y  A. Uslar Pietri.

Con todo derecho podemos hablar de un pensamiento, un arte y una literatura nacional de fuerte entronque latinoamericano y múltiples influencias, en particular europeas.

El siglo XX, en términos sociales y culturales, fue dinámico y positivo. Se desarrolló una sociedad moderna y una cultura cosmopolita sin menoscabo de la fuerte impronta popular en nuestra vida colectiva. Aparece el petróleo, hecho que perturba y dinamiza, como ningún otro factor, a nuestro proceso socio-cultural y posibilita, a nivel político, el desarrollo de un proyecto democrático.

Un país nunca termia de hacerse y Venezuela no es la excepción; pero este comienzo del siglo XXI nos encuentra en una encrucijada difícil y problemática pero nunca más preparados, en términos de recursos humanos y capital social, para enfrentar exitosamente el futuro. Hay que seguir desarrollando el proyecto democrático como un proyecto civilizatorio; corregir sus
desviaciones autoritarias y sus tentaciones totalitarias y dotarla de un alto sentido social.

Venezuela, como tantos otros países de América Latina, participa de realidades complejas y difíciles, sometida a fuertes desigualdades y desequilibrios. En nosotros conviven tiempos históricos diferentes, en algunos casos, antagónicos entre si. Nuestra sociedad es de una complejidad creciente y sometida a un cambio incesante. Nuestro proceso de modernización y urbanismo, fue muy acelerado y por consiguiente, traumático en muchos aspectos. El atraso y las injusticias, así como la violencia, tienden a imponerse más allá de lo tolerable. El venezolano “bueno” existe y nuestro pueblo tiende a ser asumido en general en términos positivos: abierto, amable, amigable, generoso; pero igualmente existe un venezolano que no termina de asumir sus responsabilidades, alejado de la educación y con un a fuerte carga de “orfandad psíquica” y complejos y resentimientos sociales.

Una sociedad es una historia, al igual que una cultura es histórica, es decir, un “continium” tempo-espacial; una cronotopía que se va haciendo, de allí lo fascinante que es la invitación a seguir haciendo a Venezuela cada vez mejor; ello nos obliga a todos y a cada uno de los venezolanos, a asumir nuestras responsabilidades, a colocarnos y prepararnos para ello, en el entendido que un país es un pasado pero  fundamentalmente un futuro que siempre comienza siendo un presente.

Venezuela es una herencia y un capital; es una obligación y una oportunidad; un patrimonio, fundamentalmente espiritual y cultural. El país está constituido por seres que ya no nos acompañan, los ancestros, por los contemporáneos y por los no nacidos todavía, esos contemporáneos del futuro, que nos obligan en nuestro presente, al máximo esfuerzo y al mejor resultado. Una patria es fundamentalmente un sentimiento de gratitud e identificación y un compromiso de servicio, permanente y generoso.

Nuestro ilustre M. Picón Salas decía: “En la lengua española el instrumento de identificación mayor…idioma e historia…tienden un sentimiento de fraternidad entre nuestros pueblos. Toca a los escritores y pensadores de nuestros países fortalecer cada vez más las bases de ese entendimiento, y desenvolver la dialéctica con que suba al plano de la consciencia activa lo que hasta ahora vivimos como puro impulso emocional”.

Los seres humanos vivimos, una y muchas patrias; el “terruño”, la “matría”, que llaman algunos historiadores, la patria nacional y la patria grande latinoamericana, y frente a estas realidades las asumimos desde la política y la cultura como realidades y posibilidades creativas.

El pasado, igualmente es uno solo; la historia no se repite, pero puede ser interpretada de diferentes maneras. Como diría Augusto Mijares, podemos asumir una óptica pesimista de “sembradores de cenizas”, como si el destino histórico fuera un fatalismo para la derrota y el fracaso y no como nos impulsa a pensar el mismo autor: “lo afirmativo” construido a fuerza de civilidad y cultura. Hecho el balance de nuestra historia no tengo la menor duda sobre lo “afirmativo venezolano” como rasgo dominante de nuestra sociedad y cultura, sin menoscabo de la necesaria autocrítica, para corregir y seguir avanzando.


Venezuela: Política y Petróleo

Un siglo es mucho tiempo, especialmente si lo abordamos desde la perspectiva existencial; literariamente ya García Márquez lo definió con un título inmortal “Cien años de soledad”. Venezuela, en el siglo XX, transita el difícil e inconcluso proceso de la barbarie y la civilización como se acostumbraba decir en el siglo XIX y que en clave venezolana Rómulo Gallegos simbolizó de una manera magistral en su novelística en general y en particular, con su novela “Doña Bárbara”.

Venezuela llega al siglo XX pobre y enferma y no lo digo en sentido figurado; el país, nuestra sociedad, su población (aproximadamente un poco más de 2.000.000 millones de habitantes) mayoritariamente era campesina, analfabeta endémicamente enferma y llena de temores e incertidumbres, acostumbrada como estaba a tener que soportar gobiernos despóticos, tiránicos y dictatoriales. El temor y el miedo eran nuestro verdadero carnet de identidad; todo ello reflejo de una violencia permanente en todos los órdenes, no es casual que la larga hegemonía dictatorial de Juan Vicente Gómez se expresara en el lema “Paz y trabajo”, versión criolla del “Orden y progreso” positivista que sigue flameando todavía hoy en la bandera brasileña.

El país estaba cansado y exhausto, pero todo esto empieza a cambiar en las primeras décadas de nuestro siglo XX gracias a un hecho fortuito y producto del simple azar, el petróleo, cuya abundancia, calidad, y relativa facilidad de extracción y comercialización nos convierten  en país petrolero con rango mundial en menos de una década, entre 1914 y 1922, aunque la sociedad venezolana, en su conjunto, tardará más de cuatro décadas en asimilar la importancia del petróleo para el futuro del país y lo hizo desde una perspectiva eminentemente rural con aquello de sembrar el petróleo.

Venezuela entra al siglo XX con 2.542.316 habitantes; cien años después sobrepasa los 25.000.000 de habitantes.

Inauguramos el siglo con una dictadura y salimos de él con una democracia formal, en crisis agónica, eligiendo a un teniente coronel golpista con fuertes y crecientes tentaciones autoritarias y totalitarias, tal como se han evidenciado en esta angustiosa primera década del siglo XXI.


Visto el siglo en perspectiva, no hay duda que avanzamos y progresamos como sociedad, comparándonos con otras sociedades y con nosotros mismos; si tomamos en cuenta la abundancia de recursos fiscales que nuestros gobiernos manejaron y las “ventajas comparativas y competitivas” del país, mucho fue el despilfarro, la corrupción y la ineficiencia y demasiadas las oportunidades perdidas. Nuestro siglo XX nos crea un sentimiento de gratitud y de inconformidad al mismo tiempo. Mucho se logró como país y como sociedad pero se pudo haber logrado mucho más. Si bien no fracasamos como pueblo tampoco fuimos tan exitosos como muchos creyeron que podríamos serlo. La primera mitad del siglo, especialmente de 1936 a 1983, el venezolano tendía a ser optimista y esperanzado con respecto a sí mismo y con respecto al futuro del país. De la década de los 80 para acá la incertidumbre, el temor y el miedo tienden a dominar en el ánimo de una mayoría nacional. De pueblo de emigrantes nos hemos convertido en una sociedad de inmigrantes, especialmente en los estratos medio y profesionales. De un país abierto e inclusivo nos fuimos convirtiendo hacia finales del siglo en una sociedad desconfiada e interesada más en nuestro destino individual que en el futuro colectivo.

Los momentos estelares del siglo XX fueron muchos, pero sin lugar a dudas que la aparición del petróleo, la consiguiente formación de los sectores sociales modernos y la aparición y desarrollo del proyecto democrático y civil configuran las tendencias más importantes y trascendentes de nuestro país.
A pesar de nuestras insuficiencias y contradicciones, así como de nuestros avances y retrocesos, no hay duda que el siglo XX marca de manera definitiva nuestra entrada en la historia universal en sentido hegeliano. Dejamos de ser un simple pasado anónimo y entramos a formar parte en el presente como país importante con rango mundial en materia petrolera.

Venezuela en el siglo XX, en términos de identidad y cultura, empieza a perfilarse como una sociedad singular e identificable, no solamente en lo económico, sino en lo político y cultural. En el siglo XVIII y XIX se funda la Patria como un proyecto de república fuertemente comprometido en el siglo XIX por nuestra conflictividad interna comprometiendo seriamente nuestra integridad territorial y de hecho anulando la república civil, pero es el siglo XX quien nos permite auto reconocernos aunque no terminamos de cancelar nuestros fantasmas y demonios recurrentes como la exclusión social y la tentación dictatorial.

En el siglo XX venezolano con la palabra petróleo se sintetiza y expresa casi todo: economía, sociedad, cultura, política.
El tema petrolero ha sido recurrente en la cotidianidad del venezolano y su presencia en los medios de comunicación es abrumadora aunque ello no signifique que el venezolano promedio sepa mucho sobre el tema y mucho menos tenga una conciencia clara de lo que el petróleo ha significado e influido en la vida individual y colectiva. En ese sentido hemos sido muy provincianos, tanto nuestras élites como la mayoría de nuestro pueblo. El siglo XX a nivel mundial fue intenso y dramático en todo sentido mientras en Venezuela nos sentíamos distantes y ajenos con una insularidad provinciana propia de un ego nacional auto suficiente asentado en la falsa creencia de ser un país rico y especial con respecto al mundo y particularmente diferenciados de nuestros vecinos latinoamericanos y en especial con los colombianos.

En décadas pasadas era usual, que en Colombia para referirse a nosotros utilizaran el episodio del rico Epulón y el pobre Lázaro. Los colombianos lo creían y nosotros también llegamos a creerlo, producto de nuestra ignorancia e insensatez o mejor de nuestra mentalidad pre-moderna que no nos permitía reconocernos en la economía política como un país pobre, ya que la verdadera riqueza tal como se había establecido fehacientemente, consistía en el recurso humano educado y entrenado para la vida social civilizada y moderna y para el trabajo productivo. Transcurrido el tiempo, se llegó a lo que teníamos que llegar, un pueblo pobre con gobiernos ricos. El petróleo ha marcado nuestra economía, nos facilitó muchas cosas pero no dejó de crear un sinfín de distorsiones y carencias que como sociedad, empezamos a pagar, de manera dolorosa y frustrante, desde la llamada década perdida de los 80, la confusión de los 90 y esta nueva década perdida comenzando en siglo XXI.

El Estado petrolero y en general la clase política lo que hizo fue administrar una renta y no generar propiamente riqueza; todos en general, gobiernos autoritarios y gobiernos democráticos, sufrieron una fuerte tendencia al despilfarro, la ineficiencia y la corrupción y el mejor negocio en Venezuela era el maridaje impropio entre economía y política y el camino más corto a la riqueza personal era a través de la política y la asociación con los políticos en general.
No otro es el origen de nuestra burguesía al igual que el petroEstado permitió desarrollarse a los partidos y a los sindicatos, mediatizándolos y con el tiempo corrompiéndolos mientras que el resto de la sociedad se acostumbraba a la distribución populista de la renta petrolera. Este es el esquema general de nuestra dinámica social aunque sería injusto y poco objetivo no reconocer que como en todas las cosas, siempre hubo excepciones así como siempre existió una conciencia crítica y unas reservas morales que trataron de alertar y evitar que nos empecináramos en los errores que nos empobrecían y terminaban negando nuestras mejores posibilidades.

El Estado venezolano empezó a legislar en materia petrolera pensando más en los intereses de las empresas trasnacionales y algunos particulares que en función del interés nacional. Sólo después de 1938, después de la nacionalización petrolera mexicana, fue que en Venezuela a nivel político, se empezará a pensar más en términos nacionales y de allí la ley de 1943 y posteriormente la política petrolera nacionalista de los primeros gobiernos democráticos cuyos inspiradores más visibles, entre otros, fueron Juan Pablo Pérez Alfonso y Rómulo Betancourt.


En la perspectiva de la sociedad venezolana, el fenómeno más resaltante y de consecuencias más complejas y duraderas es la acelerada, aluvional y caótica “urbanización” del país, con sus núcleos urbanísticos de clases medias y los cinturones de miseria que no terminan de crecer y extenderse frente a un Estado ineficiente y corrupto y un liderazgo político que se colocó de espaldas al país.

El PetroEstado se ha convertido en nuestro principal problema institucional y la petropolítica en la desviación más recurrente de nuestros gobiernos, alentando la existencia de una sociedad acostumbrada a mucho exigir y a poco exigirse cuyo mejor reflejo es nuestra constitución nacional llena de derechos y casi nula en deberes.


A pesar de todo lo dicho, también es verdad que el siglo XX posibilitó una sociedad, en su conjunto, más educada y más preparada para enfrentar los retos del futuro. En términos cuantitativos y cualitativos, la sociedad venezolana entró mayoritariamente a la modernidad aunque esta modernidad, en algunos sectores, se presente precaria e insuficiente, ubicándonos en la categoría de sociedades o pueblos a medio hacer que no han madurado lo suficiente o las etapas cumplidas fueron insuficientes para acceder a la plena modernidad.

Si el proyecto republicano es consecuencia directa del liberalismo como ideología y del capitalismo como sistema, el proyecto democrático venezolano es consecuencia de la economía petrolera y de la sociedad que se forma a partir de ésta.

En pleno “gomecismo” surge la idea democrática en ciertos sectores de vanguardia de nuestra sociedad como fue el proletariado incipiente nutrido en la doctrina marxista y anarquista al igual que algunos estudiantes e intelectuales imbuidos del debate de ideas propios de la época, expresado en hechos históricos emblemáticos como la revolución mexicana de 1910, la revolución bolchevique, en Rusia en 1917, así como el movimiento político reformista básicamente universitario en Córdoba, Argentina, en 1918.

Esta dinámica geopolítica internacional de alguna manera incide en la “apertura” del gobierno neogomecista de López Contreras e Isaías Medina Angarita que no podían evitar las circunstancias mundiales y frente las cuales tuvieron una tímida pero importante respuesta gracias a un sector civil ilustrado y moderno que puede ser emblematizado a través de la figura de Arturo Uslar Pietri.

La sociedad venezolana, en plena Segunda Guerra Mundial, ya era otra, y los cambios eran inevitables, aunque se escogiera el atajo golpista que provocó del 18 de octubre de 1945 con su secuela nefasta de acontecimientos como el derrocamiento de Rómulo Gallegos, la dictadura de Pérez Jiménez y las Fuerzas Armadas, a pesar de lo cual los cambios fueron indetenibles tanto por lo que había pasado en el mundo como por lo que venía pasando en Venezuela y de ahí llegamos a la aurora democrática del 23 de enero de 1958.

Los primeros 15 años de la República Democrática fueron sumamente conflictivos y difíciles pero el balance es absolutamente positivo. En términos políticos se elabora y aprueba la Constitución de 1961, la más consensuada y la de más larga vigencia en toda nuestra historia. Se elige el primer gobierno democrático que logra durar todo el mandato. Se elige al nuevo Presidente por otro periodo y éste entrega la banda presidencial en su momento, al principal líder de la oposición. Todo esto ocurrió por primera vez en nuestra historia de manera pacífica y en elecciones confiables con un clima de libertad y respeto hacia el adversario, nunca antes visto.

Venezuela entre 1936 y 1983 accede a la plena modernidad en términos formales y exteriores, gracias a ese azar llamado petróleo y evidentemente a la acción de muchos venezolanos cuyo talento y lucidez les permitió formar parte plenamente de lo que Augusto Mijares llamara lo afirmativo venezolano.
A pesar de la afirmación anterior no podemos dejar de preguntarnos si lo pudimos hacer mejor y lograr muchas más cosas de las que hemos logrado.

En este ejercicio sintético-analítico sobre nuestro siglo XX venezolano, más periodístico que histórico-historiográfico, he pretendido resumir mi visión de venezolano contemporáneo nacido en 1943 y que tiene el privilegio de mirar hacia atrás desde la atalaya del siglo XXI que recién comienza.

En Venezuela se ha escrito mucho y bien sobre nuestro país, ensayos lúcidos e investigaciones serias con interpretaciones de todo tipo, pero en su mayoría, desde una subjetividad militante, muy hispánica por cierto. Es urgente “objetivar” y despartidizar la visión de nuestro pasado. Todavía hoy, la historia es el campo fértil de la polémica política y el debate ideológico, siendo la primera víctima, la figura histórica del libertador y su legado cuyo “culto a Bolívar”, tal como lo evidenció Germán Carrera Damas y otros autores, se ha convertido en la ideología legitimadora de casi todos nuestros gobiernos y en particular, los de corte militar y autoritario.

No propongo una historiografía neutral y aséptica, teórica y metodológicamente imposible, pero sí el ejercicio responsable del difícil arte de la comprensión del pasado.


Con toda intención, en esta primera parte de mi ensayo, he obviado la historia de los héroes y los nombres de los líderes, convencido como estoy que la historia real sucede más por la presencia de realidades generales como: “la economía petrolera”, “el colonialismo hispano”, “el imperialismo británico o norteamericano”, “la sociedad colonial”, ”aborígenes africanos e inmigrantes”,  “la cultura nacional y las mentalidades”,  “la religión católica y la iglesia”, y así la lista puede alargarse hasta donde uno quiera. La historia real tiende a ser anónima y colectiva aunque una historiografía milenaria y eurocéntrica nos haya acostumbrado a identificar más a los “personajes” de la historia que a los hechos atrapados, casi siempre, entre la necesidad y la libertad o como decían los antiguos griegos y romanos, entre el destino y el azar.

En Venezuela hemos personalizado en demasía nuestra historia y nuestro siglo XX no escapó a esta distorsión. En el pensamiento conservador o de derechas, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, encarnarían al dictador necesario y de positiva obra de gobierno. En la izquierda, se utilizan figuras históricas como Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.


En el mismo sentido podemos hablar de una historiografía adeca, copeyana y comunista en donde cada tendencia ensalza y privilegia su visión doctrinal y partidista de la realidad. En Venezuela urge el sano y necesario “revisionismo histórico” pero enmarcado en una sólida teoría y una escrupulosa metodología.

El siglo XX tiene que ser re-leído, re-pensado y re-escrito.
Y no podemos hacerlo sino desde el acompañamiento necesario de las fuentes y los testimonios contrastados suficientemente y de manera crítica hasta permitirnos acceder a lo que pudiéramos llamar una verdad consensuada, es decir, inobjetable para todas las partes y ello quizás no será posible sino transcurrido el tiempo suficiente para que los testigos o protagonistas hayan desaparecido.

Para entender nuestro 1900,  es decir el comienzo de siglo, uno de los testimonios más lúcidos que he encontrado es el de Pedro Manuel Arcaya (1874-1958); fue actor y testigo de excepción de todo el acontecer nacional hasta la primera mitad del siglo XX; en sus Memorias refleja la opinión pública de la clase dominante de la época con respecto a lo que fue nuestro proceso político y evolución socio-histórica desde la Guerra Federal hasta la muerte de Gómez.

Dice R. J. Velázquez: “son escasos los testimonios personales de este tiempo (1874-1903) y el de Arcaya es insustituible para identificar un país empobrecido, al borde de la ruina, de una economía campesina signada por el atraso y la inseguridad… la guerra civil era endémica, los partidos revolucionarios o las fuerzas del gobiernos ocupaban las haciendas y con igual furia se apoderaban de cosechas y ganados. Dentro de este clima prosperaban los caciques locales dueños de todo y obedientes a nadie y que solo reconocían el derecho de la fuerza a pesar de lo cual, para Arcaya, se constituyeron en un mal necesario de lo contrario hubiéramos regresado a la barbarie primitiva de la historia humana”. En este marco histórico se trata de explicar y entender a Guzmán Blanco, Joaquín Crespo, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez.


En 1914, con el petróleo, comienza otra historia, que no anula el pasado pero permite crear las condiciones para la aparición y desarrollo de otra sociedad con una nueva mentalidad urbana, un país diferente.

Si Arcaya y muchos otros hasta nuestros días, han visto el pasado venezolano con las ideas y teorías positivistas, con un fuerte sesgo historiográfico euro céntrico, en el lado opuesto se desarrolló una fuerte y dominante visión marxista de nuestra realidad y de nuestra historia sustentada en el hecho, que en su inmensa mayoría, el mundo intelectual y académico, en algún momento, profesó esta ideología, inclusive aquellos que no pertenecieron nunca al partido comunista o renegaron más delante de su condición de tales; el más conspicuo, quizás fue, el propio Rómulo Betancourt, quien en su emblemático libro “Política y Petróleo” intenta un polémico ensayo de interpretación de la realidad venezolana (1908-1935-1936-1946-1947-1957) desde la óptica marxista en boga para la época, cuando todavía el mito bolchevique y la ilusión revolucionaria de la Unión Soviética no había sido desmentida por la realidad. Betancourt, en su libro, identifica la importancia del petróleo, los cambios sociales y políticos que se derivan de una economía petrolera y el proceso político correspondiente hasta llegar a identificar y establecer la pertinencia y vigencia de un proyecto político-ideológico que encarna en el partido Acción Democrática.

La dictadura de Pérez Jiménez marca un hito divisorio del siglo XX venezolano, moderna en sus logros simbólicos, tradicional en su concepto y estructura de poder. Sobre este período se ha escrito mucho y sobre la caída de Pérez Jiménez hay una crónica insustituible de Tomás Enrique Carrillo Batalla titulada “Quien derrocó a Pérez Jiménez” de enseñanzas y actualidad increíble.

El período 1958-1998 estudiado y analizado abundantemente, sin embargo, sigue siendo un periodo, por lo cercano, polémico y confuso con una tendencia peligrosa maniquea de mitificarlo por un lado y desacreditarlo por el otro, con una terminología arbitraria y tendenciosa cuando se le identifica como la Cuarta y la Quinta República, como si en los hechos y ejecutorias de ambas, no siguieran presentes la sociedad petrolera que hemos sido, el PetroEstado que somos y nuestras enfermedades endémicas de corrupción y autoritarismo.

También sobre esto se ha escrito mucho pero en Venezuela leemos poco y no cultivamos la memoria crítica ni aprendemos de nuestros errores, de allí la vigencia de la frase del filósofo Santayana: “pueblos que no aprenden de sus errores están condenados a repetirlos”.

En Venezuela somos maestros para avanzar en círculos, en el marco de unas instituciones débiles, unas relaciones sociales clánicas, tribales y en general pre-modernas y con una clase política, que una vez que alcanza el gobierno, reincide, en lo que Héctor Malavé Mata, en otro libro emblemático sobre nuestro siglo XX venezolano, llamó “los extravíos del poder”. En nuestro país no nos ha faltado inteligencia para comprendernos ni pensadores críticos para advertirnos, a quienes siempre hemos calificado despectivamente como “profetas del desastre”; lo que ha faltado y quizás nos falte en este momento es una “visión” compartida de país y una gran alianza o acuerdo nacional que desarrolle, a partir de nosotros mismos, las oportunidades necesarias que permitan transitar con éxito el camino político y económico que posibilite la Venezuela post petrolera y que implique, entre otras cosas, la re institucionalización de casi todas nuestras instituciones y el desmontaje progresivo del PetroEstado para que el Estado no siga siendo depredador de la nación y el gobierno, en todos sus niveles, un freno y un obstáculo de la sociedad. La nueva fórmula política pudiera expresarse en el concepto que el individuo es más importante que el gobierno y la sociedad precede y define al Estado.



Conclusión

“Pueblos que no aprenden de sus errores
están condenados a repetirlos”

“Santayana”


Betancourt recomendaba leer a González Guinand (uno de nuestros mejores cronistas y uno de nuestros mayores chismosos) para entender la sociedad venezolana de su época y particularmente, los juegos de la política y el poder. Por las mismas razones, recomendamos leer a Oscar Yánez en sus cinco amenos e ilustrativos libros de la colección “Así son las Cosas”. La Venezuela contemporánea se nos da toda entera: banal, amena e irresponsable y a su manera, trágica, como una tragicomedia o mejor como una telenovela, género particularmente exitoso entre nosotros.

Oscar Yánez hace “historia inmediata” con la connotación académica que hoy en día se le da a esta disciplina ambigua pero útil que hace caso omiso de las fronteras teóricos – metodologicas y desde el periodismo, permite expresar a una sociedad en un momento determinado de su historia.

Así sucede con este libro del “Trocadero al Pasapoga”, esclarecedora crónica de la Venezuela que va desde 1945 a 1958, desde la Revolución de Octubre al derrocamiento de Rómulo Gallegos; desde el asesinato de Delgado Chalbaud  a la dictadura de Pérez Jiménez  y su derrocamiento el 23 de enero del 1958. En este libro se puede constatar cuanto hemos evolucionado como sociedad y cuantas cosas siguen iguales. Venezuela era un “bonche” e irrefrenablemente optimista e irresponsable con respecto a nuestras responsabilidades individuales y colectivas.

La economía petrolera y la sociedad petrolera son los protagonistas del libro, aunque nunca se habla de ellos y fue lo que le permitió a Cabrujas y a tantos otros hablar del campamento minero que somos, de asumir la Patria como un hotel, como si todo fuera fugaz y provisional y nosotros vivir en nuestra cotidianidad
siempre en provisionalidad y precariedad  o como dice Oscar Yánez “Venezuela ha sido un gran cabaret”. Todo es diversión y “bochinche”, utilizándose esta última palabra como sinónimo de fiesta y también desorden. La idea es entretenernos y pasarla bien, faltar al trabajo el lunes y el jueves en la noche asumirlo como un “viernes chiquito”, todo lo cual anticipó el famoso “mayamerismo” y la Venezuela Saudita de los 70 y parte de los 80 del siglo pasado. Hoy por hoy no han cambiado mucho las cosas. En política tampoco, la dictadura en Venezuela no es una novedad, ni la precariedad del estado de derecho, ni la debilidad y complicidad de las instituciones y el principal partido sigue siendo el partido militar, poder supra constitucional y poder constituyentista efectivo.

Lamentablemente, el poder y la política siguen estando de manera decisiva en sus manos y eso lo sabia muy bien el régimen militar y dictatorial de Marcos Pérez Jiménez, cuando éste, en una fiesta en el Círculo Militar, después de las elecciones “robadas” de 1952, invita al principal líder de la oposición en aquel momento, Jóvito Villalba, a presenciar el desfile de su partido, textualmente; le dice Pérez Jiménez a Jóvito Villalba: “ Doctor, lo invito mañana al desfile de mi partido – al día siguiente se celebraba la gran parada militar con motivo del 141 aniversario de la Independencia”.

En esa época los venezolanos nos distraíamos con rumberas, orquestas famosas, carreras de caballo y noticias fantasiosas de vampiros, brujos, marcianos y chismes sociales de todo tipo, mientras la tragedia nos rondaba. Hoy seguimos entretenidos casi en lo mismo además del show dominical del Presidente y su distraccionismo histriónico. Ya nada nos sorprende y eso es quizás lo lamentable; terminamos acostumbrándonos a todo y limitándonos a la mera sobrevivencia.

El venezolano tiende a ser cortoplacista, tanto en su vida diaria como en sus análisis y expectativas. Igual sucede en el ámbito político, con excepción de la vocación de poder que es permanente. La política se tiende a asumir siempre en la coyuntura y en la sociedad moderna venezolana; la coyuntura es casi siempre de tipo electoral, especialmente en los últimos 10 años en que se nos ha impuesto un sistema electoral mediatizado, ventajista y plebiscitario.

El proyecto “chavista” comenzó siendo un proyecto ideológico difuso y confuso, de asalto al poder por la vía de la conspiración, de una logia militar, juramentada y activada a través de una conspiración de más de 20 años y dos fracasadas intentonas golpistas en 1992. En los comienzos, las raíces de la conspiración pretendían entroncar con una ideología de tipo nacionalista a través del culto a  Bolívar y el llamado árbol de las tres raíces que presuntamente los vinculaba al ideario del propio Libertador, a Simón Rodríguez y a Ezequiel Zamora. El culto a Bolívar y la ideología bolivariana es una vieja tradición política e historiográfica, convertida en ideología legitimadora por el tirano o dictador de turno. Chávez no ha sido una excepción.

Fracasado el golpe de estado en 1992, se desarrolla una estrategia electoral exitosa: una alianza heterogénea con representantes de todos los sectores nacionales en el marco de una crisis de larga duración y una “democracia boba” representada por una clase dirigente debilitada y confundida, además de comprometida fuertemente con la corrupción. La mal llamada cuarta república venía muriendo desde la década de los 80 del siglo pasado, aunque su corrupción y descomposición se hizo visible e inocultable en la década de los 80. Una distorsión constitucional del Constituyente de 1961 fue permitir la reelección presidencial y así tuvimos las desafortunadas elecciones de Carlos Andrés Pérez II y Rafael Caldera II con el desenlace conocido.

Todo este proceso de crisis política, económica y social emblematizado en los acontecimientos de 1983 que condujeron al llamado Viernes Negro, así como al Caracazo de 1989 y los dos frustrados golpes de estado de 1992, expresaban claramente el proceso de una crisis de largo plazo que venía desarrollándose desde la propia década de los 70 que tenía que ver con los ciclos de los precios petroleros y que terminó afectando todo el tejido social y cultural de nuestro país. 70 largos años de economía petrolera nos habían convertido en un país monoproductor, con mentalidad rentista y en lo fundamental, lo seguimos siendo. En 1922 la exportación de petróleo desplaza a los otros rubros de exportación; éste pasa a dominar todos nuestros procesos políticos y económicos.

Durante casi 70 años Venezuela mantuvo una tendencia hacia el crecimiento económico que se interrumpe de manera estructural alrededor de 1977; a partir de allí, entramos en la etapa “epiléptica” de los precios del petróleo, así tenemos un “boom” de los 70 seguido por una abrupta caída de los precios y el ciclo se repite comenzando el siglo XXI y la consiguiente brutal caída de los precios del petróleo que estamos viviendo. No aprendemos; otra vez vivimos el ciclo perverso de derrochar y despilfarrar en la época de la abundancia y llorar y lamentarnos en la época de la escasez. No hemos sido previsores y nuestros gobiernos han sido irresponsables en
administrar la renta petrolera,  de allí que nuestro desarrollo nacional sea incompleto e insuficiente y con una creciente deuda social que arrastramos, con particular gravedad y dramatismo, desde los años 80 del siglo pasado.

En estas coyunturas, las “élites” y los gobiernos no tuvieron mejor respuesta que la ineficiencia gubernamental y la
corrupción creciente y galopante que prácticamente, se ha convertido en una marca del sistema social, económico y político de la Venezuela contemporánea. En vez de administrar la abundancia con criterio de escasez, como se dijo cínica y retóricamente, se administró la abundancia con absoluta escasez de criterio, a pesar de las numerosos voces de alerta de los llamados despectivamente “profetas del desastre”, que como buenos profetas,  no fueron escuchados por nadie, ni por el gobierno ni por la oposición, ni por la élites ni por el “pueblo”, todos entretenidos en la gran piñata nacional que nos banalizó tanto que un animador de televisión y una reina de belleza, con creciente apoyo popular, pensaron seriamente en gobernarnos.

Cortoplacistas e irresponsables hemos ido participando en la vida política de manera ligera y sin rendición de cuentas, configurando en los últimos 30 años, una sociedad “enferma” entre la anomia,  la invertebración y la inorganicidad y atrapados entre la incertidumbre y el miedo.

Todos nos preguntamos hacia dónde vamos; nadie sabe la respuesta, aunque la experiencia nos indica que si asumimos nuestras responsabilidades individuales y colectivas y aprendemos las lecciones de nuestro pasado, no sería difícil elaborar una respuesta positiva de carácter político que posibilitaría un desarrollo sustentable y sustentado en políticas públicas de corto, mediano y largo plazo y que serían  impulsadas no por individuos mesiánicos ni providencialistas, sino por las instituciones y quienes de manera ocasional asuman su conducción, limitados y subordinados a la Constitución y las leyes, con una efectiva contraloría social y una rendición de cuentas apropiada.

El
Sr. Chávez sí sabe a dónde va en su pretensión de perpetuarse en el poder, con su guardia pretoriana y sus acólitos civiles, enriquecidos por la generosa renta petrolera.

El futuro del país no tiene otra posibilidad sino a través del proyecto democrático, perfectible y progresivo, que, aunque de manera irregular e insuficiente, nos ha permitido avanzar desde aquella rebeldía juvenil de la llamada generación del 28 hasta la consolidación del movimiento obrero organizado y los partidos políticos democráticos.

En 1936 el presidente López Contreras inicia una tímida pero importante apertura política continuada en el gobierno siguiente y a pesar de los excesos del los protagonistas del golpe de estado de 1945, el pueblo venezolano conquistó el derecho al sufragio general y universal y después del interregno dictatorial, abrió cauce a una coyuntura de libertad y democracia con logros importantes en todos los ámbitos de la vida nacional hasta que, como ya se dijo a finales de la década de los 70, perdimos el norte y de extravío en extravío, continuamos hasta hoy  confundidos y atemorizados.

La historia y la sabiduría popular enseñan que si los pueblos aprenden de sus errores, las crisis deberían enseñarnos a ir hacia adelante con mayor seguridad y confianza. El siglo XXI es un siglo de desafíos y riesgos y Venezuela, más temprano que tarde, va a empezar a transitar la época post- petrolera dentro de una post-modernidad que nos invita a dejar atrás, definitivamente, los errores del siglo XX y los anacronismos supervivientes del siglo XIX.

Venezuela nunca estuvo más preparada en términos humanos para avanzar hacia un modelo de desarrollo sustentable no petrolero, siempre y cuando hayamos aprendido las lecciones de la historia y resistamos los cantos de sirena de unos liderazgos definitivamente superados por la historia.

 

 

[*] Angel Lombardi / Blog: http://angellombardi.blogspot.com / Rector de la Universidad Católica Cecilio Acosta - Venezuela / E-mail: angel.lombardi@hotmail.com




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